De vivir. Y no ver la vida pasar. De ilusionarse y levantarse. Y no desorientarse con cada caída. De aprender, para mejorar, para construir una realidad más feliz y que responda a nuestras aspiraciones. A nuestro proyecto de vida.
Leía hace poco la siguiente reflexión al pensador francés Alexis de Tocqueville:
" No puedo evitar temer que los hombres lleguen a un punto en el que cada teoría les parezca un peligro, cada innovación un laborioso problema, cada avance social un primer paso hacia una revolución, y que se nieguen completamente a moverse."
No son pocos quienes afirman que nos encontramos a las puertas de un cataclismo social. Lejos de intimidar, estos vaticinios deberían de ser el combustible para nosotros, las generaciones hijas de los 80 y de los 90, protagonistas y dueños del cambio que, pese a quien pese, va a configurar nuestras vidas. Nos corresponde la tarea, el desafío, impuesto o no, pero necesario, de transformar la herencia recibida. Es ilusorio pensar que dentro de 10, de 15 años, el mundo va a seguir rigiéndose a través de los mismos mecanismos que conocemos. Esto implica que hemos de imaginar, idear e implementar la articulación de instituciones, figuras y relaciones que posibilitarán que el mundo siga girando, y que lo haga de manera que quienes lo habitemos lo hagamos de una manera digna y que permita que nos desarrollemos plenamente como seres humanos.
La prima seguirá moviéndose al antojo de gángsters y gorileros, como acertadamente puede afirmar cualquier ciudadano de a pie. Las instituciones seguirán perdiendo día a día la mínima dosis de credibilidad de la que gozan a día de hoy. La clase política seguirá estando completamente desconectada de la realidad que viven quienes les dieron las riendas del poder. Los habitantes de los estados seguirán empobreciéndose, mientras alguien se enriquece desorbitadamente. Y el mundo seguirá girando, porque nunca ha parado de hacerlo.
Mientras tanto, lejos de limitarnos a criticar la censurable realidad que han construido para nosotros, hay que romperse la cabeza, desplegar la imaginación como cuando éramos pequeños y éramos capaces de crear en nuestra mente cualquier existencia, saltar a pasos de gigante e ir muchísimo más lejos de todo lo aprendido. De todo lo establecido. De todo lo aceptado.
La revolución no se hace desde un sofá, una plaza o un teclado. La revolución empieza cuando un grupo de personas aúna fuerzas y quema neuronas en pos de un proyecto que, como todos, comienza en la mente y sigue la senda que sus arquitectos decidan construirle.
Por todo esto, resulta vital que no sintamos que tenemos las manos vacías. Tenemos en ellas el reto de hacer que el mundo gire, pero gire mejor, que gire para que personas, animales y plantas que lo anidamos vivamos en armonía y de manera que nadie tenga que perder para que todos podamos ganar.
Cada cual sabe cuál es la realidad que le acecha, pero con tiempo y alguna que otra experiencia, acabamos por abrir los ojos y darnos cuenta de la poca gente en nuestro entorno merece que nos esforcemos por ella. Este ejercicio de aceptación es el primer paso para saber cuál es nuestro escenario ahora y cuál el que queremos cosechar. Pocas personas nos merecen, pero identificarlas y contar con ellas en nuestra vida es un regalo y un placer, y solamente por ellas ser mejores personas cada día se convierte en un compromiso. Casi en una obligación.
Tenemos trabajo por delante, pero ser una piedra o estar bajo tierra o transformados en polvo creo que resultaría increíblemente aburrido. La sensación de tener algo grande que imaginar y crear por delante me parece la esencia del porqué de estar aquí.
Por esas personas, que os cuento con una mano y que sabéis quiénes sois. Y por la vida que queremos vivir. :)
