Atendemos atónitos al espectáculo que acontece en las fronteras vecinas. Los desplazamientos de personas, familias y pueblos enteros no son tema de rabiosa actualidad; vienen existiendo desde décadas, siglos atrás, y parece que así seguirá girando el planeta cuyo aire nos mantiene vivos a todos nosotros, indistintamente de nuestra condición, bolsillo y circunstancias.
Sin embargo, a pesar de que esta realidad y drama no son, por desgracia, novedad, ha sido una instantánea tomada en primera línea por una reportera turca la que parece haber dado la voz de alarma en las conciencias de los ciudadanos de los acomodados países occidentales y ha hecho a sus habitantes salir a la calle a manifestarse en contra de la inacción institucional.
La voz popular ha obligado a políticos y dirigentes a tomar decisiones, abrir ojos y fronteras y afrontar la cruenta realidad que azota las vidas de millones de seres humanos.
Seremos mayoría las personas que, sintiendo un pesar infinito por el sufrimiento que llevan a cuestas las personas obligadas a elegir entre dejar su país o dejar este mundo, simplemente nos limitemos a eso, a sentir (una) lástima (infinita) y plantearnos la disyuntiva de seguir leyendo las noticias o ignorar los informativos.
Desde la más tierna infancia, en cuanto empezamos a ser conscientes de la magnitud del planeta que habitamos, y de la de millones de vidas que lo pueblan, también comienza a presentarse en nosotros la percepción de lo ínfimo de nuestra existencia.
¿Va a cambiar algo el planeta si yo decido tirar esa lata de Coca-Cola a la papelera, o por contra, la tiro al suelo? ¿Cuánto cambiará la vida de ese niño, con el que todos se meten, si yo decido ser amable con él? ¿De qué sirve que este año en el colegio apadrinemos una niña de nuestra edad en Kenia, si hay millones más como ella en su país muriendo de desnutrición? ¿Vale de algo que aportemos nuestra paga de esta semana para ese pozo que van a construir en Etiopía, si lo que necesitan son millones de pozos?
Nos abruman los números. Naufragios, desplazados, fronteras, soldados, trenes abarrotados, campos de refugiados y un sinfín de matices que nos hacen sentir como en nuestra niñez: diminutos, sin capacidad de acción, insignificantes, dubitativos.
Sin embargo, en la otra cara de la moneda, decenas de familias, solamente en nuestro minúsculo territorio (Gipuzkoa), han decidido abrir las puertas de su casa a otros tantos semejantes en busca de asilo y un rayo de esperanza al que asirse para afrontar, primero, y superar, después, su descarnada realidad.
Estas familias, algunas de las cuales estamos pudiendo ver entrevistadas en diferentes medios en los últimos días, no son familias aparentemente sobradas de recursos, camas ni metros cuadrados. Son, nada más, y nada menos, personas normales que, lejos de quedarse en la cómoda barandilla de la compasión, son conscientes de que para cambiar el mundo a mejor, los diminutos granos de arena, cuentan.
Vivimos inmersos en los quehaceres y objetivos personales que nos marcamos día a día: trabajar, salir a X hora, hacer tal o cuál actividad, comprar, cocinar, quedar, llamar, correr, planear ese nueva aventura, ver la serie del momento o el libro en cuyas páginas nos perdemos, dormir y cuenta nueva.
Gracias, 40 veces. Gracias, 40 familias de almas extraordinarias.
(Y ojalá que sean muchas más)













