Por
vivencias que hayamos tenido, que dan la razón a quienes afirman que nada
sabemos en realidad y, a la vez, nos hacen creer que algo hemos aprendido, las
circunstancias y el aura de la naturaleza se encargan de volver a poner
nuestros pies en la línea de salida.
Cuantos más libros leo, más complicado se
me hace imaginarme la inmensidad de ellos que no tendré tiempo de leer en esta
vida. Cuantos más grupos descubro, más me pierdo y adentro en el infinito universo
de la música. Lo mismo con las personas, las culturas, las historias y los
lugares con los que vamos topándonos. De la misma manera, cuanto más vivimos,
más conscientes somos de lo inocentes e ingenuos que somos.
Escucha
a tus mayores; siempre terminan por tener razón. No tengas miedo de fallar;
leía hace poco que experiencia es cuando las cosas no ocurren como esperábamos
que acontecieran. Explora; siempre te sorprenderás de lo que puedes encontrar
dentro de ti. Conocerte es el mayor de
los experimentos que puedes llevar a cabo. Jamás te rindas; hasta las más inmovilizadoras y espesas tinieblas desaparecen sin dejar
rastro cuando creemos en que lo conseguiremos. Y, sobre todas las cosas, ama y déjate
amar. Enamórate de la vida. Ábrete al mundo y no te cierres a la infinidad de
lo que te muestra. Sé agradecido, cada día, de todo lo que eres, tienes y te
rodea. Y nunca olvides que lo más fascinante de todo reside en las conexiones.
Las conexiones con las personas, con tu cuerpo y mente, con tu hábitat, con tu
tiempo y con los que se fueron.
Aprende
de lo que vives, pero actúa sin perder nunca de vista lo poco que sabes.
De vivir. Y no ver la vida pasar. De ilusionarse y levantarse. Y no desorientarse con cada caída. De aprender, para mejorar, para construir una realidad más feliz y que responda a nuestras aspiraciones. A nuestro proyecto de vida.
Leía hace poco la siguiente reflexión al pensador francés Alexis de Tocqueville:
" No puedo evitar temer que los hombres lleguen a un punto en el que cada teoría les parezca un peligro, cada innovación un laborioso problema, cada avance social un primer paso hacia una revolución, y que se nieguen completamente a moverse."
No son pocos quienes afirman que nos encontramos a las puertas de un cataclismo social. Lejos de intimidar, estos vaticinios deberían de ser el combustible para nosotros, las generaciones hijas de los 80 y de los 90, protagonistas y dueños del cambio que, pese a quien pese, va a configurar nuestras vidas. Nos corresponde la tarea, el desafío, impuesto o no, pero necesario, de transformar la herencia recibida. Es ilusorio pensar que dentro de 10, de 15 años, el mundo va a seguir rigiéndose a través de los mismos mecanismos que conocemos. Esto implica que hemos de imaginar, idear e implementar la articulación de instituciones, figuras y relaciones que posibilitarán que el mundo siga girando, y que lo haga de manera que quienes lo habitemos lo hagamos de una manera digna y que permita que nos desarrollemos plenamente como seres humanos.
La prima seguirá moviéndose al antojo de gángsters y gorileros, como acertadamente puede afirmar cualquier ciudadano de a pie. Las instituciones seguirán perdiendo día a día la mínima dosis de credibilidad de la que gozan a día de hoy. La clase política seguirá estando completamente desconectada de la realidad que viven quienes les dieron las riendas del poder. Los habitantes de los estados seguirán empobreciéndose, mientras alguien se enriquece desorbitadamente. Y el mundo seguirá girando, porque nunca ha parado de hacerlo.
Mientras tanto, lejos de limitarnos a criticar la censurable realidad que han construido para nosotros, hay que romperse la cabeza, desplegar la imaginación como cuando éramos pequeños y éramos capaces de crear en nuestra mente cualquier existencia, saltar a pasos de gigante e ir muchísimo más lejos de todo lo aprendido. De todo lo establecido. De todo lo aceptado.
La revolución no se hace desde un sofá, una plaza o un teclado. La revolución empieza cuando un grupo de personas aúna fuerzas y quema neuronas en pos de un proyecto que, como todos, comienza en la mente y sigue la senda que sus arquitectos decidan construirle.
Por todo esto, resulta vital que no sintamos que tenemos las manos vacías. Tenemos en ellas el reto de hacer que el mundo gire, pero gire mejor, que gire para que personas, animales y plantas que lo anidamos vivamos en armonía y de manera que nadie tenga que perder para que todos podamos ganar.
Cada cual sabe cuál es la realidad que le acecha, pero con tiempo y alguna que otra experiencia, acabamos por abrir los ojos y darnos cuenta de la poca gente en nuestro entorno merece que nos esforcemos por ella. Este ejercicio de aceptación es el primer paso para saber cuál es nuestro escenario ahora y cuál el que queremos cosechar. Pocas personas nos merecen, pero identificarlas y contar con ellas en nuestra vida es un regalo y un placer, y solamente por ellas ser mejores personas cada día se convierte en un compromiso. Casi en una obligación.
Tenemos trabajo por delante, pero ser una piedra o estar bajo tierra o transformados en polvo creo que resultaría increíblemente aburrido. La sensación de tener algo grande que imaginar y crear por delante me parece la esencia del porqué de estar aquí.
Por esas personas, que os cuento con una mano y que sabéis quiénes sois. Y por la vida que queremos vivir. :)
Fue lo
que se preguntaba Katherine Bunton mientras observaba el espectáculo que ofrecía
a todos sus sentidos la terraza del mirador de la casa que ella misma había construido,
comoculminación
a un sueño que llevaba albergando en sus instintos desde que tenía conciencia
de existir. La cabaña, construida sobre un acantilado en Vatulele, Fiji, se
entregaba a la inmensidad del Pacífico, el más vasto, hermoso y misterioso de
todos los océanos del planeta. Ante los ojos de Katherine, el cielo, en su
punto de colosal oscuridad de la noche, se serenaba gracias a la luz que regalaban
gustosamente las millones de estrellas que compartían su resplandor de hacía
millones de años, ahora, a Katherine y a todos los seres de aquel rincón del
mundo que estuvieran desvelados en la cima del crepúsculo.
El
único sonido que acompañaba al silencio del diminuto arrecife volcánico del
Pacífico era el suave jugueteo de las olas al llegar a la cala. El aroma de la
brisa cálida, distinto al del aura del lejano mar Cantábrico, en el que tantos
veranos había soñado con irse a un lugar lejano y apartado de la civilización,
embrujaba y era el aliciente perfecto para una sedante reflexión en un paraje
como aquel. Único. De ensueño.
Horas
antes, Katherine recibía la noticia de que su mejor amigo, Joshua Luhrman, se debatía
entre la vida y el cielo, después de que, tras un episodio de esquizofrenia,
decidiera recrearse en un superhéroe y saltara desde su apartamento en San
Francisco, situado en un décimo piso, con la suerte o desgracia de aterrizar en
los brazos de un frondoso árbol. A pesar de que estaba en manos de los mejores especialistas
de California, ¿de qué dependía que Josh
sobreviviera y volviera a tener una existencia normal y feliz? ¿Sólo era
cuestión de suerte? ¿A quién pertenece la vida de una persona? ¿Al destino? ¿A
alguno de los millones de dioses que la Humanidad, durante el devenir de los
siglos, ha inventado para ayudar a sobrellevar la realidad?
Además, ¿qué nos pertenece a nosotros, a la
personas, como seres individuales e individualistas? Ya desde la más dulce
infancia, nos hacen creer que los juguetes de Navidad son nuestros. Nos dicen
que hay que compartirlos, pero son NUESTROS juguetes. Llega un día en el
que los olvidamos, no los necesitamos, ¿nos pertenecían? Se oye el canto de un
ave. No, está claro que los objetos no nos pertenecen. Ni tampoco los derechos
conquistados a base de la lucha de nuestros antepasados. Nos pueden robar, podemos
regalar nuestro coche, podemos sobornar a la policía, podemos abandonar un
hogar, se pueden perder en un incendio las fotos que recogían nuestra vida.
Realmente no está en nuestra mano su destino.
Y las personas, ¿pertenecen a alguien? Decimos que tenemos
libre albedrío, que somos dueños de nosotros mismos, pero somos capaces de
perder la cabeza, como Joshua, en el momento menos oportuno. Si ni siquiera
nuestra propia vida está en nuestras manos, ¿cómo van a pertenecer las personas
unas a otras? No. No tiene ningún sentido. Tampoco las personas nos
pertenecen. Vienen y van. Enferman, nos dejan, nos abandonan por un mundo,
según se dice, más apacible. Nadie nos pertenece. Y nosotros no pertenecemos a
nadie.
Y los sueños, ¿pertenecen a los soñadores? Un
sueño, por hermoso o espantoso que sea, no empieza a tener realidad propia
hasta que hacemos a alguien partícipe de él. Es como la felicidad. Si no se
comparte, no es plena. Claro que nosotros elegimos a quien contárselo, si no es
antes el propio sueño quien ha abierto la puerta de nuestra mente, para salir
y, tal vez, no volver nunca más. Y están también los sueños que se hacen
realidad. Como la cabaña de Katherine en Vatulele. Sí. Puede que los sueños hechos
realidad nos pertenezcan. Son realidades que existen gracias a que alguien, aun
siendo un misterio el porqué, un día soñó, creyó, volvió a soñar, recordó, se
ilusionó, y fue creando y aprovechando oportunidades que se le presentaban,
hasta materializar aquello que atravesó furtivamente las fronteras de su razón.
Lo que soñamos, lo que nos sirve de motor para encontrar un sentido a estar por
aquí, nos pertenece. Nos hace sentirnos vivos, ilusionados, nos hace tropezar,
para aprender y levantarnos con más fuerza que cuando caímos, para disfrutar
del sueño, que, en realidad, nunca termina.
La materia que cae en nuestras manos por
casualidad o porque alguien lo decide por nosotros no nos pertenece, tampoco
las personas, que ni siquiera son dueñas de sí mismas, que nacen porque un
enigmático orden del caos decide que 2 células se fundan, y mueren, abandonando
el mundo, sin que nadie lo haya consensuado previamente con ellas, rompiendo
promesas, familias y corazones.
Las
estrellas se marchan hasta otra ocasión. El naranja y el rosa del horizonte anuncian la
llegada de un nuevo, espléndido amanecer. Katherine, la primera persona del
mundo en recibir el nuevo día, allí, en las lejanas Fiji, sonríe para sí y se
abraza las rodillas. Sentada en la terraza del mirador de la cabaña que un día
soñó. Un nuevo día. Una nueva oportunidad para dar lo mejor de sí misma. Un
instante. Ahora. El que nos pertenece. Lo demás, no importa, no sabemos de
quién depende. No sabemos por qué vinimos. Ni sabemos cuándo nos iremos, ni en
qué circunstancias. No sabemos qué pasará mañana.
Lejos
de la civilización. Katherine siente en su espalda el cálido aliento de la
persona que quiere que la acompañe en este trepidante viaje que un día soñó. Es el
orden del caos, que nadie lo entiende, quien nos da la oportunidad de soñar. De crear
nuestro mundo propio. El que nos pertenece.
" ... pocas veces se pueden alcanzar objetivos verdaderamente interesantes en la vida basándose sólo en criterios de comodidad."
Esta innegable verdad leída al aventureroAlbert Bosch me ha hecho caer, una incontable vez más, en las puertas que nos cerramos a nosotros mismos a diario. Tenemos el mundo a nuestros pies pero, esa total libertad de pensamiento y acción, nos aterra. Por mucho que nos neguemos a confesarlo, demostramos con nuestros movimientos que nos gusta que piensen y elijan por nosotros. Somos maestros en la labranza de la excusa e hijos pródigos en adentrarnos en las inmiscuidades del "qué dirán". Todo ello, con el único propósito de ceder libertad en pos de conseguir un tácito bienestar, que no es más que parte del decorado de una existencia mal aprovechada, una crónica desagradecida.
La libertad no es pura matemática. La libertad no es inequívoca. La libertad no asegura un cobijo caliente ni algo que llevarse a la boca. La libertad no nos da abrazos ni nos susurra cosas hermosas al oído. En otras palabras, parece obvio decir que la libertad no es cómoda.
No exijamos abanicos de 360º repletos de posibilidades, pluralidad de partidos políticos, prensa para todo gusto y color; no nos manifestemos en contra de la censura ni nos encendamos al denunciar la represión ni el incumplimiento íntegro de Derechos Humanos que viven nuestros iguales en otros lugares.
Nosotros mismos estamos actuando como espejos de los más sanguinarios y coercitivos dirigentes cuando nos cerramos maquinalmente las puertas, no escuchando voces distintas a las habituales y, mucho menos, que discrepen con nuestra filosofía (en el mejor de los casos, si es que tenemos alguna), juzgando al tipo de al lado por esto que dijo o lo otro que escribe, siguiendo modas, no abriendo nuestras mentes más allá de lo ortodoxo y de lo que "está bien visto", actuando sin escuchar a lo más íntimo de lo que somos.
La libertad sobre la que tantos (y tantas) pensadores y seres humanos han escrito, refutado y por la que han matado viene con nosotros cuando nacemos, como el pan, debajo del brazo. A medida que nos vamos adentrando en la vida, vamos desgarrando y maltratando el albedrío que traíamos innato y que tantas dudas y reflexiones nos suscita, hasta terminar un día en el que uno se dice: "Mi mujer, mi marido, mis hijos, mi hipoteca, mi trabajo. Esto es todo lo bueno en mi vida. No he explorado más allá. No es que yo lo quisiera así. Pero así me HAN educado".
La libertad no es cómoda, es hermana gemela de la responsabilidad y esto es precisamente lo que nos hace actuar como nazis, gasificando todo aquello que implique esfuerzo y matando de hambre todo aquello que comprometa diferenciarse del resto y hacer lo que no está escrito. Pero la libertad es, sin duda, el regalo más hermoso y perfecto que trae consigo la condición de ser humano y darnos una vuelta por el mundo.
"Sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla cada día".
Las mejores cosas no tienen precio. Una gran compañía, un ambiente de confianza y humanidad, en el que experiencia y las ganas por la vida se dan la mano, un espíritu crítico de mejora, con corazón de afecto y amor por quien se mira a los ojos. Escuchar y ser escuchado, reír y hacer reír, comprender y ser comprendido; la vida es un dar y recibir. No importan la generación ni la coyuntura; el espíritu se mantiene y el esfuerzo porque así sea se hace patente.
Alegría, cariño, esfuerzo, disciplina, ilusión, amor, nuevas metas. Siempre desde el corazón. Y mientras tanto, confiamos nuestros deseos a la mar y sigamos así siendo navegantes de la estela infinita. Sin fronteras.
El horizonte lo recreamos cada amanecer tras descansar, olvidar lo malo del alba anterior previa extracción de sus enseñanzas y retener lo bueno en esa sonrisa que se dibuja, innata, en los rostros de los valientes.
La libertad, como el horizonte, se conquista cada día. Supone un sacrificio, claro. ¿Qué manjar no lo tiene, inherente a su naturaleza?
Los valientes lo saben. El camino de la libertad presenta rutas de soledad, reflexión y lágrimas. Nadie dijo que fuera fácil. Pero es nuestra elección. Y somos responsables de ella. No vale echarse atrás. Es un camino, un sendero sin retorno. Pero es NUESTRO camino. El elegido. No el impuesto.