Fotos desempolvadas. Ropa de otra época. Que vuelve a llevarse. Esas gafas con las que se ve la vida en versión más auténtica. Sonrisas. Bellos paisajes. Colores saturados. Sepia. Blanco y negro. Miradas cómplices. Limpias. Pillas. Manos que se entrelazan. Que se posan. Gestos que anticipan un firmamento de estrellas infinitas. Sueños. Cumplidos. Por cumplir. Avidez por comerse el mundo. Cariño que se palpa. El amor que todo lo envuelve. Que todo lo mueve. Que da sentido al sinsentido. Y con ello, el recuerdo. El recuerdo presente. El recuerdo que acompaña a todos los lugares. Unas palabras de buenas noches. Un olor que evoca infancia. Un extrañar ininterrumpido. El guiño diario que invoca a quien se fue.
Antes de emprender aquel viaje por continente desconocido, fue niño. Tuvo miedo. Viajó. Conoció. Desconoció. Corrió. Tropezó. Se levantó. Se lamió las heridas. Volvió a correr. Sin miedo. Gamberreó. Se emborrachó. Ayudó. Trabajó. Compartió. Lo dio todo. Contó chistes. Historias. Rió. Mucho. E hizo reír. Mucho más. Observó por mirillas. Escuchó a través de las paredes. Se comprometió. Maduró. Sin perder ápice de vitalidad. Olió la naturaleza. Se rebozó en arena, nieve y hierba. Se lanzó al mar. En bomba. Transmitió alegría. Por cada poro. Creyó. Imaginó un lugar mejor. Y contribuyó a conseguirlo. Aprendió. Desaprendió. Enseñó. Escuchó. Colaboró. Dialogó. Habló en público. Y susurró ideas hermosas al oído. Obedeció. Y fue líder. Rezó. Corrió. Ágil. Sudó. Pasó frío. Se mojó. Nunca se quejó. Se regocijó bajo el sol. Como una lagartija. Sin echarse crema. Se saltó las normas. Comió bocadillos fríos de cacahuete en el internado. Y las mejores carnes, bebidas y manjares del universo. Mantuvo y alimentó el espíritu. Se rodeó de buena gente. Conoció a indeseables. Encontró a la persona con la que deseaba compartir el resto de las vidas. Durante siempre. Respiró el aire puro del mar. Y amó. Amó. Ante todo, amó. Y eso hizo el resto. El mundo en sus propias manos. Y con todo disfrutó e iluminó a su alrededor con una sonrisa llena de energía.
Estoy descubriendo que, quien fue, es. La esencia no se pierde, se transmite, se traspasa, se comparte. Y así, perdura, generación a generación. Un ser maravilloso que es en sí mismo un elogio a la vida. Goza del viaje, Rufino. Gracias por seguir cuidándonos. Volveremos a juntarnos.