jueves, 7 de julio de 2011

"Cree lo que el corazón te diga. No hay promesas en los cielos". (Schiller)


Impulsos. Energía. Fuerza. No hay recetas para vivir. Somos lo que hacemos, y hacemos lo que vivimos. Somos, por tanto, nuestros propios maestros. Nunca se termina de aprender de la experiencia ajena. Confusión, esperanza o apatía, el torbellino de estados y sentimientos que sólo conoceremos e interiorizaremos viviéndolos no tiene límites.
De poco sirven las cavilaciones existenciales si finalmente todo queda ahí. Un pensamiento. O una teoría. La acción que sigue al impulso es vital porque es la huella que separa la vivencia de la conjetura. Decirlo. O no. Intervenir. O no.
El papel del espectador es cómodo, ya que tiene la certeza de que puede sentir lo mismo que los actores por mera empatía. Pero el espectador no es quien arriesga ni da los pasos. Tan sólo observa. Es en el valiente, que se deja llevar por algo tan genuino como esa corriente de energía que empieza en algún lugar de nuestro alma de vivos y nos recorre y llega hasta todos los poros que nos protegen y muestran al mundo, en quien encontramos nuestra esencia humana intacta.
Así llegamos al mundo. Inocentes a la vez que audaces, sin ser conscientes de ello. Crecemos observando lo que acontece a nuestro alrededor, pero sin reprimir en ningún momento aquello que nos pide nuestro diminuto cuerpo de bebés. A medida que vamos acumulando tropiezos, heridas, lágrimas, abrazos, caramelos, gotas de lluvia y briznas de sol que nos llegan a través de las persianas en las más apacibles y suaves siestas, tendemos a creer que somos menos inocentes. Que sabemos más. Nos volvemos aparentemente cautos y sabios. Más espectadores y menos actores.
No olvidemos nunca de dónde venimos. Aprender no ha de ser sinónimo de insensibilidad ni estancamiento. Pensemos en cómo hacerlo mejor la próxima vez, pero nunca reprimamos eso tan hermoso que nos recorre enteros, nos abre a infinitas aventuras y nos conecta con la inherencia de lo que somos. Somos lo que vivimos.




:)