“¿Qué nos
pertenece?”
Fue lo
que se preguntaba Katherine Bunton mientras observaba el espectáculo que ofrecía
a todos sus sentidos la terraza del mirador de la casa que ella misma había construido,
como culminación
a un sueño que llevaba albergando en sus instintos desde que tenía conciencia
de existir. La cabaña, construida sobre un acantilado en Vatulele, Fiji, se
entregaba a la inmensidad del Pacífico, el más vasto, hermoso y misterioso de
todos los océanos del planeta. Ante los ojos de Katherine, el cielo, en su
punto de colosal oscuridad de la noche, se serenaba gracias a la luz que regalaban
gustosamente las millones de estrellas que compartían su resplandor de hacía
millones de años, ahora, a Katherine y a todos los seres de aquel rincón del
mundo que estuvieran desvelados en la cima del crepúsculo.
El
único sonido que acompañaba al silencio del diminuto arrecife volcánico del
Pacífico era el suave jugueteo de las olas al llegar a la cala. El aroma de la
brisa cálida, distinto al del aura del lejano mar Cantábrico, en el que tantos
veranos había soñado con irse a un lugar lejano y apartado de la civilización,
embrujaba y era el aliciente perfecto para una sedante reflexión en un paraje
como aquel. Único. De ensueño.
Horas
antes, Katherine recibía la noticia de que su mejor amigo, Joshua Luhrman, se debatía
entre la vida y el cielo, después de que, tras un episodio de esquizofrenia,
decidiera recrearse en un superhéroe y saltara desde su apartamento en San
Francisco, situado en un décimo piso, con la suerte o desgracia de aterrizar en
los brazos de un frondoso árbol. A pesar de que estaba en manos de los mejores especialistas
de California, ¿de qué dependía que Josh
sobreviviera y volviera a tener una existencia normal y feliz? ¿Sólo era
cuestión de suerte? ¿A quién pertenece la vida de una persona? ¿Al destino? ¿A
alguno de los millones de dioses que la Humanidad, durante el devenir de los
siglos, ha inventado para ayudar a sobrellevar la realidad?
Además, ¿qué nos pertenece a nosotros, a la
personas, como seres individuales e individualistas? Ya desde la más dulce
infancia, nos hacen creer que los juguetes de Navidad son nuestros. Nos dicen
que hay que compartirlos, pero son NUESTROS juguetes. Llega un día en el
que los olvidamos, no los necesitamos, ¿nos pertenecían? Se oye el canto de un
ave. No, está claro que los objetos no nos pertenecen. Ni tampoco los derechos
conquistados a base de la lucha de nuestros antepasados. Nos pueden robar, podemos
regalar nuestro coche, podemos sobornar a la policía, podemos abandonar un
hogar, se pueden perder en un incendio las fotos que recogían nuestra vida.
Realmente no está en nuestra mano su destino.
Y las personas, ¿pertenecen a alguien? Decimos que tenemos
libre albedrío, que somos dueños de nosotros mismos, pero somos capaces de
perder la cabeza, como Joshua, en el momento menos oportuno. Si ni siquiera
nuestra propia vida está en nuestras manos, ¿cómo van a pertenecer las personas
unas a otras? No. No tiene ningún sentido. Tampoco las personas nos
pertenecen. Vienen y van. Enferman, nos dejan, nos abandonan por un mundo,
según se dice, más apacible. Nadie nos pertenece. Y nosotros no pertenecemos a
nadie.
Y los sueños, ¿pertenecen a los soñadores? Un
sueño, por hermoso o espantoso que sea, no empieza a tener realidad propia
hasta que hacemos a alguien partícipe de él. Es como la felicidad. Si no se
comparte, no es plena. Claro que nosotros elegimos a quien contárselo, si no es
antes el propio sueño quien ha abierto la puerta de nuestra mente, para salir
y, tal vez, no volver nunca más. Y están también los sueños que se hacen
realidad. Como la cabaña de Katherine en Vatulele. Sí. Puede que los sueños hechos
realidad nos pertenezcan. Son realidades que existen gracias a que alguien, aun
siendo un misterio el porqué, un día soñó, creyó, volvió a soñar, recordó, se
ilusionó, y fue creando y aprovechando oportunidades que se le presentaban,
hasta materializar aquello que atravesó furtivamente las fronteras de su razón.
Lo que soñamos, lo que nos sirve de motor para encontrar un sentido a estar por
aquí, nos pertenece. Nos hace sentirnos vivos, ilusionados, nos hace tropezar,
para aprender y levantarnos con más fuerza que cuando caímos, para disfrutar
del sueño, que, en realidad, nunca termina.
La materia que cae en nuestras manos por
casualidad o porque alguien lo decide por nosotros no nos pertenece, tampoco
las personas, que ni siquiera son dueñas de sí mismas, que nacen porque un
enigmático orden del caos decide que 2 células se fundan, y mueren, abandonando
el mundo, sin que nadie lo haya consensuado previamente con ellas, rompiendo
promesas, familias y corazones.
Las
estrellas se marchan hasta otra ocasión. El naranja y el rosa del horizonte anuncian la
llegada de un nuevo, espléndido amanecer. Katherine, la primera persona del
mundo en recibir el nuevo día, allí, en las lejanas Fiji, sonríe para sí y se
abraza las rodillas. Sentada en la terraza del mirador de la cabaña que un día
soñó. Un nuevo día. Una nueva oportunidad para dar lo mejor de sí misma. Un
instante. Ahora. El que nos pertenece. Lo demás, no importa, no sabemos de
quién depende. No sabemos por qué vinimos. Ni sabemos cuándo nos iremos, ni en
qué circunstancias. No sabemos qué pasará mañana.
Lejos
de la civilización. Katherine siente en su espalda el cálido aliento de la
persona que quiere que la acompañe en este trepidante viaje que un día soñó. Es el
orden del caos, que nadie lo entiende, quien nos da la oportunidad de soñar. De crear
nuestro mundo propio. El que nos pertenece.
Hoy nos pertenece.