sábado, 12 de mayo de 2012

"Comprender la belleza significa poseerla." Wilhelm Lübke


¿Qué nos pertenece?”

Fue lo que se preguntaba Katherine Bunton mientras observaba el espectáculo que ofrecía a todos sus sentidos la terraza del mirador de la casa que ella misma había construido, como culminación a un sueño que llevaba albergando en sus instintos desde que tenía conciencia de existir. La cabaña, construida sobre un acantilado en Vatulele, Fiji, se entregaba a la inmensidad del Pacífico, el más vasto, hermoso y misterioso de todos los océanos del planeta. Ante los ojos de Katherine, el cielo, en su punto de colosal oscuridad de la noche, se serenaba gracias a la luz que regalaban gustosamente las millones de estrellas que compartían su resplandor de hacía millones de años, ahora, a Katherine y a todos los seres de aquel rincón del mundo que estuvieran desvelados en la cima del crepúsculo.

El único sonido que acompañaba al silencio del diminuto arrecife volcánico del Pacífico era el suave jugueteo de las olas al llegar a la cala. El aroma de la brisa cálida, distinto al del aura del lejano mar Cantábrico, en el que tantos veranos había soñado con irse a un lugar lejano y apartado de la civilización, embrujaba y era el aliciente perfecto para una sedante reflexión en un paraje como aquel. Único. De ensueño.



Horas antes, Katherine recibía la noticia de que su mejor amigo, Joshua Luhrman, se debatía entre la vida y el cielo, después de que, tras un episodio de esquizofrenia, decidiera recrearse en un superhéroe y saltara desde su apartamento en San Francisco, situado en un décimo piso, con la suerte o desgracia de aterrizar en los brazos de un frondoso árbol. A pesar de que estaba en manos de los mejores especialistas de California, ¿de qué dependía que Josh sobreviviera y volviera a tener una existencia normal y feliz? ¿Sólo era cuestión de suerte? ¿A quién pertenece la vida de una persona? ¿Al destino? ¿A alguno de los millones de dioses que la Humanidad, durante el devenir de los siglos, ha inventado para ayudar a sobrellevar la realidad?

Además, ¿qué nos pertenece a nosotros, a la personas, como seres individuales e individualistas? Ya desde la más dulce infancia, nos hacen creer que los juguetes de Navidad son nuestros. Nos dicen que hay que compartirlos, pero son NUESTROS juguetes. Llega un día en el que los olvidamos, no los necesitamos, ¿nos pertenecían? Se oye el canto de un ave. No, está claro que los objetos no nos pertenecen. Ni tampoco los derechos conquistados a base de la lucha de nuestros antepasados. Nos pueden robar, podemos regalar nuestro coche, podemos sobornar a la policía, podemos abandonar un hogar, se pueden perder en un incendio las fotos que recogían nuestra vida. Realmente no está en nuestra mano su destino.

Y las personas,  ¿pertenecen a alguien? Decimos que tenemos libre albedrío, que somos dueños de nosotros mismos, pero somos capaces de perder la cabeza, como Joshua, en el momento menos oportuno. Si ni siquiera nuestra propia vida está en nuestras manos, ¿cómo van a pertenecer las personas unas a otras? No. No tiene ningún sentido. Tampoco las personas nos pertenecen. Vienen y van. Enferman, nos dejan, nos abandonan por un mundo, según se dice, más apacible. Nadie nos pertenece. Y nosotros no pertenecemos a nadie.

Y los sueños, ¿pertenecen a los soñadores? Un sueño, por hermoso o espantoso que sea, no empieza a tener realidad propia hasta que hacemos a alguien partícipe de él. Es como la felicidad. Si no se comparte, no es plena. Claro que nosotros elegimos a quien contárselo, si no es antes el propio sueño quien ha abierto la puerta de nuestra mente, para salir y, tal vez, no volver nunca más. Y están también los sueños que se hacen realidad. Como la cabaña de Katherine en Vatulele. Sí. Puede que los sueños hechos realidad nos pertenezcan. Son realidades que existen gracias a que alguien, aun siendo un misterio el porqué, un día soñó, creyó, volvió a soñar, recordó, se ilusionó, y fue creando y aprovechando oportunidades que se le presentaban, hasta materializar aquello que atravesó furtivamente las fronteras de su razón. Lo que soñamos, lo que nos sirve de motor para encontrar un sentido a estar por aquí, nos pertenece. Nos hace sentirnos vivos, ilusionados, nos hace tropezar, para aprender y levantarnos con más fuerza que cuando caímos, para disfrutar del sueño, que, en realidad, nunca termina.

La materia que cae en nuestras manos por casualidad o porque alguien lo decide por nosotros no nos pertenece, tampoco las personas, que ni siquiera son dueñas de sí mismas, que nacen porque un enigmático orden del caos decide que 2 células se fundan, y mueren, abandonando el mundo, sin que nadie lo haya consensuado previamente con ellas, rompiendo promesas, familias y corazones.

Las estrellas se marchan hasta otra ocasión. El naranja y el rosa del horizonte anuncian la llegada de un nuevo, espléndido amanecer. Katherine, la primera persona del mundo en recibir el nuevo día, allí, en las lejanas Fiji, sonríe para sí y se abraza las rodillas. Sentada en la terraza del mirador de la cabaña que un día soñó. Un nuevo día. Una nueva oportunidad para dar lo mejor de sí misma. Un instante. Ahora. El que nos pertenece. Lo demás, no importa, no sabemos de quién depende. No sabemos por qué vinimos. Ni sabemos cuándo nos iremos, ni en qué circunstancias. No sabemos qué pasará mañana.

Lejos de la civilización. Katherine siente en su espalda el cálido aliento de la persona que quiere que la acompañe en este trepidante viaje que un día soñó. Es el orden del caos, que nadie lo entiende, quien nos da la oportunidad de soñar. De crear nuestro mundo propio. El que nos pertenece.

Hoy nos pertenece.